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lunes, 9 de enero de 2012

EL MASACRE SE PASA PIE, ANÁLISIS Y DESCARGA PDF GRATIS

EL MASACRE SE PASA PIE
 Una novela-testimonio dominicana
  Sobre la dictadura de
Trujillo
                                                                                                                    
                                                                                                                  1-    Clikea aquí para descargar el libro en PDF
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 Facilitador: Lauro CAPDEVILA
Publicado en septiembre 2003
en la Université de Paris VIII
y en la Revue de Civilisation
Contemporaine de l´Université de
Bretagne Occidentale EUROPES/AMÉRIQUES
Fuente: http://www.univ-bres.fr/amnis


Un éxito de librería

         Cuando sale a la venta en Santo Domingo el libro de Freddy Prestol Castillo, El Masacre se pasa a pie1, en diciembre de 1973- más de 35 años después de la redacción del primer borrador – se agotan en pocos días. La edición de la que disponemos, de 1989, es ya la octava y con ella el conjunto de las tiradas alcanza los 27,000 ejemplares, cifra de gran relevancia si se tiene en cuenta el que la obra prácticamente no se difundió fuera de la República Dominicana, que sepamos. Hoy día las páginas escritas por Prestol Castillo se reproducen en los libros de textos de los alumnos de enseñanza secundaria y para los universitarios que cursan letras o historia la novela forma parte de los clásicos.

        Varios factores contribuyen a explicar tal éxito literario, siete lustros después de los acontecimientos que le sirven de fondo a El Masacre se pasa pie. En primera fila el tema de la obra, una cuestión que sigue candente, y el valor testimonial del libro. Estos dos aspectos, que no pueden dejar de interesar al historiador o al sociólogo, son los que analizamos brevemente a continuación.

Un amargo episodio

        La novela relata, o mejor dicho hace vivir, la matanza de 12.000 a 20,000 negros haitianos – o así calificados – en octubre de 1937 en la República Dominicana de Trujillo2. Para este fin el ejército sacó a los presos de las cárceles y presidios y reclutó a la fueraza a centenares de campesinos, convertidos en la noche a la mañana en  “reservistas”.  A todos se les daba ron y se les entregaba la “mocha”, el pesado machete, encendiendo los ánimos con la ilusoria promesa de botín3.
        La operación encontró un terreno favorable pues los rencores se habían acumulado desde hacía largo tiempo. Se trataba del odio tenaz de la única ex colonia española que no había conquistado su independencia luchando contra la metrópoli sino contra una ocupación extranjera, concretamente la de la otra nación con que compartían la isla: Haití4. Las expediciones armadas del aborrecido vecino y la presión demográfica y social no hicieron más que alimentar y arraigar una hostilidad latente, convirtiendo en el inconsciente colectivo al haitiano en una amenaza permanente.
        El sistema trujillista supo aprovechar esta situación y muy pronto empezó una campaña de “dominicanización fronteriza”, más o menos agresiva según el estado de las relaciones del momento con Haití5. La matanza de octubre de 1937, que se centró en la zona fronteriza norte, alrededor de la ciudad de Dajabón y a lo largo del río internacional Masacre, y se propagó por la región del Cibao, marcó el violento paroxismo de una situación de crisis duradera.
        Dentro de este marco general, cabe añadir unos rasgos peculiares. La zona fronteriza norte seguía muy apartada económica  políticamente del resto del país. Los hateros que practicaban una cría de vacunos extensiva dominaban la región, desconociendo las leyes y autoridades de una capital que parecía estar lejos. En aquellos lugares, la sociedad entera le daba la espalda a la República: los campesinos subsistían  con su conuco y trabajaban para el terrateniente que era su padrino o su compadre, los haitianos, excluidos del sistema del compadrazgo, venían a rellenar todos los resquicios de la sociedad y cumplir labores penosas o especializadas – sirvientas en casa de los ricos, pastores que conocían las enfermedades del ganado, artesanos de toda índole, etc. – y tanto los unos como los otros participaban en un contrabando ya tradicional.

        La masacre de octubre de 1937 fue un ataque directo contra este edificio social, sacudiéndolo hasta los cimientos6 como lo relata F. Prestol Castillo en su libro. Volvemos sobre este tema de manera más detenida al examinar el valor testimonial de la novela, pero notemos que la transcendencia de los sucesos, la conmoción que produjeron, los nuevos rumbos que señalaban con sangre, explican en buena parte el impacto del libro. Sobre todo, la obra presenta sin tapujos unos hechos silenciados que pasaban sobre la conciencia colectiva. El libro de Prestol Castillo tuvo un efecto catártico sobre una sociedad dominicana incapaz hasta entonces de asumir el pasado y contestar a las acusaciones de que permanente objeto en el foro internacional.

Propaganda y mentiras oficiales
       
        Como se hacha de ver, no basta con señalar la importancia histórica de los acontecimientos, es preciso examinar la presentación que de ellos se hizo durante el trujillato. Es, pues, uno de los rasgos más característicos de la dictadura dominicana la permanente obsesión por borrar las huellas y escribir la historia a su modo. Como en la Alemania nazi o la Italia fascista, la propaganda – o sea la mentira oficial – pasa a desempeñar un papel fundamental dentro de la estrategia política del poder: “el nuevo orden” exige que las palabras del “Benefactor”7, como las del Führer o del Duce, sean consideradas como el evangelio. Pero la situación de la República Dominicana de la época es muy diferente de la Alemania o Italia: Trujillo tiene al lado un amo poderoso al que ningún modo puede desafiar y es muy consciente de su situación de dependencia casi absoluta. Así es como su propaganda debe tener en cuenta  unas normas que le son dictadas por consideraciones exteriores. Mientras que Hitler miente sobre sus planos contra los judíos pero hace alarde de su racismo; Trujillo se proclama demócrata y fiel seguidor de la política del “Buen Vecino”8.
        No es de extrañar, por lo consiguiente, que la matanza se transforma en los periódicos dominicanos de la época en “incidente dominicano – haitianos”, y más tarde, cuando cundió el escándalo internacional, en “el diferendo dominicano – haitiano”. Los eufemismos son significativos. El régimen montó procesos aparatosos y falsificados para determinar responsabilidades, hubo largas negociaciones entre los gobiernos de ambos países que culminaron con el acuerdo sobre una indemnización que debía abonarse a las autoridades haitianas9. Para no dejar rastro de lo acaecido, los cadáveres habían sido apilados y quemados,  tirados al mar o enterrados en fosas comunes. El silencio volvió a caer, pues dramáticos acontecimientos se estaban produciendo en Europa y, por su magnitud y significación, desplazaban la atención. La verdad sobre el crimen quedó sepultada bajo el peso abrumador de acuerdos internacionales redactados con el mayor esmero por los mejores diplomáticos y las minutas de procesos fieles a las normas jurídicas hasta en el más mínimo detalle.
        Cabe agregar que las posibles consecuencias políticas de la matanza contribuyeron poderosamente a prohibir toda investigación hasta 1961, año en que se hundió la dictadura al desaparecer el “Benefactor”. En efecto en 1938 y 1939 el régimen del Trujillo estuvo a punto de irse a pique debido al enfriamiento de las relaciones con la Casa Blanca y el repudio de un amplio sector de la opinión norteamericana. La prensa estadounidense denunció la barbarie, a menudo en términos violentos, e incluso en Europa los periódicos de inspiración fascista y la prensa democrática se enfrentaron a través de encendidos artículos en pro y en contra de Trujillo. El resultado fue que el dictador no pudo presentarse en las elecciones presidenciales de 1938 y se vio obligado a un viaje por Europa. La Segunda Guerra Mundial llegó a tiempo para poner fin al distanciamiento entre Waschington  y Ciudad Trujillo. Como se obvio, en lo sucesivo el régimen nunca mostró interés en evocar de nuevo horas en que su propia existencia había existencia había sido cuestionada.

Una denuncia
        Sólo quedaba espacio para los rumores incontrolados e incontrolables, para las proclamas de los exiliados o de los periodistas extranjeros que no habían podido presenciar los hechos. Frente a esa situación el libro de Freddy Prestol Castillo surge como una protesta y una denuncia. El joven fiscal, desterrado a Dajabón, en la zona fronteriza, poco antes de la bárbara masacre, tuvo que elegir: o callarse y hacerse cómplice del crimen o escribir a escondidas para dejar una huella viva ante los hechos escalofriantes. El mismo evoca sus dudas en la novela:

¿No era yo, también, un cerdo? Así me recriminaba mi conciencia. Sin embarbo, digo: ¡No lo soy! ¡Escribo mis notas de este crimen! ¡Es para denunciarlo! ¡Si callara, me  igualaría a los jueces, que llegan cada día, demacrados, a comer un plato de lentejas en el mesón y callarán para siempre10.

        Esta exigencia moral inmediata es la que forma y sentido al libro. Se trata de proclamar la verdad, con todas sus contradicciones, desgarradora a menudo, patética en más de una ocasión, en una palabra: trágica.

        Ante nuestros ojos surgen decenas y decenas de personajes, anónimos muchos, más pormenorizados algunos, que se agitan, tropiezan unos contra otros, pelean en la anécdota, se sienten las profundas fuerzas históricas que ya están obrando por aquellos años en un mundo desequilibrado.

        Como los grabados de Goya Los desastres de la guerra, los capítulos aparentemente sueltos del libro de F. Prestol Castillo causan sobresalto por la impresión de autenticidad que producen en el lector. Quizás sea esta la mayor cualidad de una novela que se presenta, ante todo, como un testimonio.

Autenticidad del testimonio

        ¿Fue realmente escrita la novela en el mismo momento de los dramáticos sucesos, permaneciendo escondidaza durante unos 35 años, antes de publicarse, como lo pretende Prestol Castillo? O, por el contrario, ¿el relato es una realidad una reconstrucción a posteriori de los hechos ordenada por el distanciamiento?
        Nos parece que la estructura de la obra permite contestar a estas preguntas que, de modo legítimo, cuestionan la autenticidad del testimonio. Lo obra parece hecha de retazos más o menos conectados entre sí: visiones tremendas, situaciones inesperadas, encuentros casuales, diálogos escuetos, figuras apenas esbozadas, personajes de rasgos peculiares, etc. Vívidas presencias que, al quedar muy ajeadas de los tópicos, parecen surgir intactas del olvido. El libro entero es un mosaico, o más bien un calidoscopio compuesto de elementos dispares y desordenados. A menudo el lector experimenta la sensación de estar hojeando una libreta de apuntes o un cuaderno de bosquejos. De vez en cuando, un fragmento más ordenado intenta proporcionar un hilo conductor, marcando un notable contraste con el resto de la creación. Se trata, sobre todo, de las reflexiones del narrador, de sus dudas románticas y de sus resoluciones heroicas. Es muy posible que este telón de fondo haya sido añadido, como para justificar la obra. Lo cierto es que la fueraza de la creación no descansa en estas protestas interiores sino en las visiones sueltas, sin duda recogidas al vuelo.
        De tener acceso a documentos privados de la época, el lector podrá comprobar nuestras afirmaciones: un sinnúmero de personas reales parecen haber pasado a ser, sin transición, personajes de la novela, las anécdotas que podían parecer exageradas corresponden a hechos efectivamente acaecidos y la  imaginación creadora del autor sólo restituye una realidad espeluznante. Un ejemplo, entre muchos, bastará; compárense los dos retratos a continuación. El primero lo dibuja F. Prestol Castillo:

He aquí un breve retrato de esta interesante dueña: su cabellera era negra, larga; su sed de amor inextinguible. Maestra de la simulación y cifra del recato. Tiene una sonrisa sosegada como una lluvia fina. Decidora, hurgadora. Hasta saberlo todo. El amor, para elle, pasó ha tiempo, dice, y entonces sus bellas pestañas tapan sus brillantes ojos coma si une ventana iluminada se cerrase de súbito en la noche […] Interesante dueña de tierra lejana, de rostro enérgico, con don de mando, hecha a la comidilla de la política y al amor11.

        El segundo retrato, forma parte de un informe diplomático, remitido por el ministro de Francia en Santo Domingo, Maurice Chayet, con fecha del 29 de diciembre 1938.

  La señora Ángela todavía es joven o sea que ya no es la es, pero las líneas de su rostro han conservado una pureza con la cual no se puede asegurar que su vida mantuviera une relación armoniosa […] No tardo en darme cuenta de que nuestra huéspeda esconde a la vez, bajo frívolas apariencias, los firmes dotes de un agente político y de un menos no deja de seguir siéndole útil par los estragos que causan en el corazón de los hombres de la región12.

        Tras haber saboreado las refinadas y cínicas lítotes del diplomático, uno no puede dejar de notar las extraordinarias coincidencias entre el retrato de la persona y la representación de personajes. Cuanto más que se debe descartar cualquier relación directa entre ambas evocaciones: F. Prestol Castillo no tuvo acceso al informe secreto dirigido por un diplomático extranjero al superior jerárquiqo y M. Chayet ignoraba par completo los apuntes privados de un fiscal desconocido de la zona fronteriza. Lo cierto es que F. Prestol Castillo, al crear este personaje de la espía política, supo captar una faceta significativa de la dictadura y plasmar una realidad social de la época con vívidos colores.

Una visión dinámica

        Tratemos ahora de examinar, de modo más general, el sistema de  representaciones, tal como aparece en la novela, pues el equilibrio global de la obra y su coherencia interna son expresión de lo acertado y preciso de la visión y de la creación.
        La primera que salta a la vista, cuando se observa el conjunto de las figuras que aparecen y desaparecen en El Masacre se pasa pie, es que nada es estable, todos los personajes son presas de movimientos y convulsiones contradictorias. Las representaciones sólo se construyen en relación unas con otras: en la mirada despreciativa del esbirro de Trujillo es donde el caudillo de la frontera puede constatar su propia decadencia, par ejemplo. En sentido contrario, la representación que uno se hace del otro denuncia la identidad del observador: cuando habla del haitiano llamándose “negro” o “mañé”, el campesino dominicano presume de blanco, a menudo en contra de la realidad concreta.

  • Se trata primero de un mundo tradicional que se derrumba:
        - El terrateniente fronterizo ve cómo se disuelve su identidad, no le queda espacio propio;
        - el pueblo – básicamente compuesto de campesinos pobres – afectado por violentas convulsiones que demuestran su vitalidad pero también su incapacidad, en esta fase, para hallar una identidad fija: carece de proyecto social propio;
        - el negro haitiano, ayer explotado y callado, se convierte de repente en chivo expiatorio: su identidad es rechazada y precipitada en las tinieblas exteriores.
·                    En el mismo centro de la contradicción que opone el orden pretérito al mundo nuevo, una representación: la de la burguesía y de la pequeña burguesía que sólo pueden pretende sobrevivir vendiéndose a la dictadura y despojándose de su propia identidad.
·                    Surge una apariencia de orden nuevo que resulta ser en realidad un desorden sin precedentes:
-La figura carismática del Jefe13 máximo que acaba dominando todo el aparato social, es expresión de la concentración pero también del aislamiento extremado del poder.

        En fin despunta solitaria, dentro de este panorama de Apocalipsis, una representación esperanzadora: el que trata de oponerse, todavía débil e inerme, pero que pretende ser una primera imagen del militante y futuro combatiente.
        En resumidas cuentas, Freddy Prestol Castillo nos ofrece una representación global de la sociedad dominicana en un momento de mutación histórica. Esa mutación lleva un hombre, impuesto par el pueblo y adoptado par el autor en varias ocasiones: el Corte. La metáfora ofrece cuatro interpretaciones:
        - Por sentido propio remite a la safra14, actividad útil y pacífica par un lado, pero también agotadora tarea de esclavos y de negros haitianos;
        - por proximidad y asimilación evoca las cabezas de los haitianos que caen bajo los machetazos, mezclando la visión sangrienta y la faena agrícola en una sola y monstruosa imagen;
        -expresa la brutalidad de la fractura histórica que se produce en aquel entonces;
        -pone de manifiesto el que la estructura social queda desgarrada.

En definitiva, la víctima de la barbarie resulta ser el propio país.


 Una visión sintética

        Efectivamente, más allá de la diversidad de las múltiples representaciones, se halla un personaje único: la República Dominicana, patria querida y desdichada. La evocación del paisaje vuelve una y otra vez, señalando la exacta significación de los acontecimientos. Así es como al recordar la suerte de las víctimas inocentes, el autor escribe:

Sus lloros e imploraciones se perdían en el infernal espectáculo de la sabana verde que ahora es la sabana roja15.

        La oposición de los colores de un mismo espacio pone de manifiesto las tensiones que se oponen y la desgarran.
        Después del paraíso de la sabana verde y del infierno de la sabana roja, ensangrentada, el paisaje vuelve a su condición primera de tierra árida y miserable. El círculo de la fatalidad se cierra de nuevo sobre una frontera que el autor describía como “aquellos contornos de desierto”16 antes de la matanza, y que, después de la barbarie, es evocada de este modo: “Frontera: Puñales, sequía, reses, hambres”17. Tierra inhumana pues, que no logra civilizarse, y tierra de tragedia también ya que el conflicto parece eterno.
        El río, que le da título a la novela y lleva un nombre predestinado, parte en dos simbólicamente, el espacio. Calla, dejando a los  hombres solos y enfrentados:

El Masacre sigue corriendo, casi sin sonar de guijas. Río estrepitoso en sus cascadas de “La Garrapata” y “Loma de Cabrera”, pasa cauto, coma otro haitiano, frente al fortín dominicano. ¿Teme? El río sigue callado, hasta el Atlántico18.

        Lo que nos dicen estas representaciones del paisaje es que la nación queda sin ponerle un término a la vieja lucha que ya enfrentaba al español con el “dahomeyano” venido desde la otra orilla del río. El proyecto nacional no logra plasmarse en la realidad. Este es el origen de la violencia y de la muerte.

        Como una maldición inscrita en el mismo corazón de la representación de la patria, la muerte parece propagarse en círculos concéntricos, recayendo la sangre de las víctimas en los verdugos, de crimen en crimen y de generación engendración. La muerte brota del suelo dominicano, como los árboles que marcan sus pasos:

        -Mango bajo las cuales descansa el cartera haitiano asesinado par su vecino dominicano: “El poste estaba ahora bajo las piedras del mangal que sigue hasta Restauración19
        -aguacates, luego, baja cuya sombra entierra al asesino, preso y esclavo del militar, borrándose así las huellas del crimen: “Huiría a Haití, o bien estaría bajo el aguacate del camino” 20;
        -robles por fin que presencian el ir y venir del militar que a su vez mató al preso y que, expulsado de las filas del ejército, ha sido devuelto al anonimato:

El Capitán ahora debe vagar cama enantes, manso, humilde, anónimo, bajo los viejo robles de las plazuelas de la capital del país 21.


La novela se despliega como una como una amplia alegoría cuya fuerza de evocación descansa sobre una potente dinámica y una coherencia interna que no deja de lado. Todos los personajes, con sus diferentes representaciones, vienen a confundirse en un movimiento general que hace surgir el espectáculo de la patria lastimada y humillada.

Esta cohesión de los elementos constitutivos de la novela responde a una coherencia externa: la ambición, lograda a nuestro parecer, de Freddy Prestol Castillo era captar el sentido y el alcance de los acontecimientos que afligían a país. Así es como su obra, trascendiendo lo local y lo contingente, se convierte en grito de alarma y de denuncia universal.

Notas:1- Las fotos pertenecen a la fecha del terremoto de la Nación de Haití en fecha en enero 2009 y no al periodo histórico que establece estos escritos.

2- Este escrito de la autoría de Lauro CAPDEVILA se ha trascrito fielmente y cualquier incoherencia o problema de concordancia ha sido transcrita tal como está en el original.

1- Prestol Castillo, Freddy, El Masacre se pasa pie, Santo Domingo, Ediciones Taller, 1989, 153 p. (Biblioteca Taller No.26).
2- El lector interesado por la cuestión podrá consultar los valiosos documentos reunidos y comentados por Cuello Hernández, José Israel, Documentos del conflicto dominico-haitiano de 1937, Santo Domingo, Editora Taller, 1985, 606 p., así como el libro fundamental: Vega, Bernardo, Trujillo y Haití, Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1995, 2 vols, 464 p. y 427 p.

3-  Las pocas pertenencias de las víctimas – sobre todo el ganado- fueron casi siempre a parar a las manos de los dignatarios del régimen, especialmente los jefes militares.

4- Como es sabido, el 1 de diciembre de 1821, José Núñez de Cáceres proclamó la independencia de la colonia, bautizada como Haití español. Poco más de dos meses más tarde, el 9 de febrero de 1922, las tropas haitianas invadían la joven nación. El grito del Conde, lanzado el 27 de febrero de 1844 por los Trinitarios, Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, dio la señal del sublevamiento contra la presencia haitiana, iniciándose en aquella fecha la lucha que culminaría con la independencia efectiva de la República Dominicana.

5- Un interesante testimonio lo proporciona López Santa Anna, Antonio, Misión fronteriza: Apuntes histórico sobre la misión fronteriza de San Ignacio de Loyola, Dajabón, s.ed., s.f. (¿1957?). Abundan los obras de los plumíferos de la dictadura ensalzando la “dominicanización fronteriza”. Véase, por ejemplo: Machado Diez, Manuel A, La dominicanización fronteriza, Ciudad Trujillo, Impresora Dominicana, 1955.

6- No cabe duda de que la matanza le permitió a Trujillo afianzar de forma definitiva su poder político y económico en la zona. El militar, que obedecía a las órdenes del dictador, triunfó del caudillo local.

7- Entre los numerosos títulos oficiales que ostentaba Trujillo, el de “Benefactor de la Patria”, era el más corriente.

8- A este respecto, véase Capdevila, Lauro, La dictadura de Trujillo, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2000.

9- En estas negociaciones, el joven Joaquín Balaguer demostró sus dotes de diplomático astuto y doble, ganándose la confianza de Trujillo y convirtiéndose en hombre clave del régimen. Más tarde llegaría a presidente de la República, bajo Trujillo primero, después de la muerte del dictador luego.

10- op.cit., p. 116.
11- op.cit., p. 35 y 36.
12- Archives diplomatiques francaises – Paris – Séries AM18-40-Sous-série RD No. 19-145.
13- Era la denominación coloquial de Truillo más frecuente durante la dictadura, sin que correspondiese a un título oficial.
14- Corte es sinónimo de zafra, en el habla corriente.
15- op.cit., p. 67.
16- op.cit., p. 21
17- op.cit., p. 127.
18- op.cit., p. 88
19- op.cit., p. 106.
20- op.cit., p. 109.
21- op.cit., p. 108.


















































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LA PASION DE LOS LIBROS

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá compreder probablemente... las pasiones humanas.

La historia Interminable: Michael Ende